Reding y Málaga

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El apellido suizo “Reding” no es ajeno al malagueño, entre otros muchos de sonoridad extranjera que pueblan el callejero y que dan cuenta del carácter cosmopolita de nuestra ciudad. En Málaga lo ostenta un gran paseo, una calle… Y la fuente ubicada al final de la Avenida de Príes y retratada en diversas obras pictóricas de carácter costumbrista es, indiscutiblemente, la “de Reding”, aunque el caño en sí existiera de mucho antes.

Pero, a pesar de ello, la memoria del personaje al que se refieren comenzó a desdibujarse muy poco después de su fallecimiento. A pesar de que en distintos períodos del siglo XX fue reivindicada por plumas ilustres como la del cronista Narciso Díaz de Escovar, o la del historiador Andrés Oliva Marra-López, que pasó una larga estancia en Suiza y quedó enamorado de su trayectoria.

En 2006 los miembros de la hoy Asociación Histórico – Cultural “Teodoro Reding” de Málaga, muy humildemente, recogimos el testigo. Y aunque la figura de Theodor Reding y su época precisan ya de un trabajo más amplio que aúne a lo ya escrito cuanta documentación se ha encontrado en las últimas décadas, sirva de pequeña aproximación esta reseña biográfica que pongo a disposición de los interesados en ella:

Retrato-Reding-Suiza-mariscal

Teodoro Reding nació en 1755 en Schwyz, en Suiza, en el seno de una familia estrechamente vinculada con el servicio militar en España. Con tan sólo 14 años, comenzó su carrera en el Ejército español, distinguiéndose en la recuperación de Menorca de manos de los británicos (1781-1782); la campaña de los Pirineos (1793-1795), frente a los franceses, por la que obtuvo el grado de Mariscal de Campo; y la de Portugal (1801). Siempre ligado al llamado Regimiento Suizo de Reding nº 3, una de las seis unidades helvéticas con las que llegó a contar España, con origen en 1742, y de la que Reding fue coronel desde 1788 hasta 1806.

Según la biografía que de él se publicó en Lucerna en 1817, Reding hablaba hasta siete lenguas, y como es lógico, entre ellas el castellano; jamás se le vio lucir condecoraciones; nunca usó del título ni de la firma de barón de Biberegg; prefería la sencillez a la ostentosidad, siendo todo su lujo tener dos o tres caballos, que eran su gran pasión; empleaba una parte muy considerable de su sueldo en el socorro de viudas y huérfanos de su propio regimiento; animaba y cuidaba de sus soldados, poniéndose a su altura y comiendo su mismo pan; y siempre tuvo con el enemigo vencido la más delicada humanidad.

Destinado a Málaga junto a su regimiento en 1802, se ganaría rápidamente el cariño de un pueblo para el que procuró el mayor bienestar. Primeramente durante las epidemias de fiebre amarilla de 1803 y 1804, desempeñando las labores más importantes de la Junta de Sanidad, así como estableciendo el correspondiente cordón sanitario para evitar la propagación de la enfermedad. Acciones en las que llegaron a fallecer más de 180 miembros del regimiento.

En 1806 es nombrado gobernador militar y corregidor político de Málaga; cargo que desempeñó con el mayor entusiasmo, tratando de dar soluciones urgentes y eficaces a los problemas que había podido observar desde su llegada a la ciudad cuatro años atrás. Era muy afable, pero fue enérgico cuando fue preciso y no dudó en pedir explicaciones al cabildo o suspender de sus funciones a quién no cumplía con su labor.

Uno de los testimonios más emotivos que han llegado a nuestros días de la labor de Reding como máxima autoridad de Málaga es el poema endecasílabo que un vecino tituló “La gratitud malagueña” y que fue publicado en julio de 1806 en la imprenta de Luis Carreras, en la hoy Plaza de la Constitución. Una obra que se puede consultar en el Archivo Díaz de Escovar y que lo ensalza como el mejor gobernador que había tenido Málaga, aunque sólo pudo ejercer en el cargo durante dos años a causa de la guerra frente a Napoleón.

Dos años en los que llevó a cabo lo que otros no habían hecho en cincuenta. Y es que en muy poco tiempo intentó transformar la ciudad, dictando acertadas disposiciones en materia sanitaria, social, política o urbanística. Entre otros asuntos, se preocupó por los desbordamientos del Guadalmedina y los daños que causaban a los siempre inundados barrios de La Trinidad y El Perchel; por la seguridad ante el estado ruinoso de algunos edificios; el mantenimiento del acueducto de San Telmo; el empedrado de las calles y la instalación de alumbrado público; que los enterramientos dejaran de llevarse a cabo en las iglesias para evitar futuras epidemias; el embellecimiento del paseo de la Alameda convirtiéndola en la vía principal de la ciudad (colocando también en ella la fuente mas importante, la de Génova) y la restauración de la hoy Fuente de Reding; y la primera proyección de lo que hoy son la Acera y Plaza de la Marina. Cuenta de ello dan sus bandos y su huella en las actas municipales y el Archivo de la Catedral.

También se preocupó por el empleo, al mismo tiempo que castigaba la vagancia. Controló el juego y la bebida, prohibió a los civiles portar armas blancas y de fuego cortas y penó las estafas en el comercio y protegió la hermandad de Viñeros. Incluso impulsó el respeto por la vía pública, la limpieza de la ciudad, la recogida de basuras y un plan para sofocar incendios.

La provincia quedó libre de contrabandistas y malhechores que atemorizaban a los labradores, a lo que contribuyó eficazmente el Regimiento Suizo de Reding. Y habiendo en la ciudad numerosos niños dedicados a la limosna, abandonados o perdidos; si tenían padres, hizo lo posible porque éstos se hicieran cargo de sus hijos; y si, por el contrario, eran huérfanos, intentó ayudarles con el establecimiento de un hospicio, donde recibían, además de techo y manutención, educación y el aprendizaje de un oficio.

Para llevar a cabo sus proyectos movilizó a las distintas instituciones y al comercio, y llegó a dar con fuentes de ingreso que hasta el momento no entraban en las arcas municipales. E implicó por completo a la ciudad en labores de caridad, bien fuera para vestir a los huérfanos de las epidemias o a los presidiarios enfermos, pidiendo únicamente ropa, o tela con qué hacerla.

Entre otras anécdotas de su vida en Málaga, podemos destacar su participación en la Semana Santa y su vinculación a Viñeros, portando el estandarte de la Hermandad en el desfile procesional de 1808.

Pero llegamos a mediados de 1808, cuando se inicia la Guerra de la Independencia española contra la invasión napoleónica. Los regimientos suizos debían pasar al servicio de José Bonaparte, ya que, aún con el cambio de dinastía, los acuerdos seguían vigentes. A pesar de ello, Reding, y su Regimiento, que ahora estaba bajo el mando de su inseparable hermano Nazario, deciden hacer caso omiso de la orden de Napoleón y unirse al pueblo español. Son el mejor exponente de aquellos tantos compatriotas suyos, pero también alemanes, austríacos, walones o irlandeses, que, a muchos kilómetros de sus familias, y pudiendo tomar otro camino más fácil, demostraron con honor lo que significa la palabra lealtad y lo dieron todo por España.

Reding preside la Junta de Málaga, y pronto es nombrado general en jefe de las tropas de Granada, Málaga y Almería. Inicia el reclutamiento de voluntarios para completar los regimientos de la guarnición de Málaga y crear nuevos batallones, y al día siguiente ya hay más de mil malagueños de toda la provincia dispuestos a seguirle hacia la gloria. 

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En unión con el ejército del general Castaños, Reding será designado comandante general de la primera primera División del llamado Ejército de Andalucía, y esa gloria le llegaría un 19 de julio de 1808 en las inmediaciones de la localidad jienense de Bailén, donde sería el general que mandó a las tropas españolas que lograron la primera derrota de un cuerpo de ejército de Napoleón en toda Europa, acabando con su mítica invencibilidad. 

Tras Bailén, el recibimiento de Reding en Málaga fue apoteósico, dándole la bienvenida un arco triunfal con el lema “Al vencedor de los tiranos de Europa y libertador de Andalucía”. Se le rindieron honores y se le hicieron varios regalos, entre ellos un caballo blanco, un uniforme de teniente general, un bastón de mando y un sable con la inscripción “El pueblo de Málaga agradecido a su gobernador, el general Reding. Libertador de la Patria. Vencedor de los franceses en Bailén”. Además, el cabildo le ofreció una corona de laurel que, modestamente, se negó a ceñir y ofrendó a la Virgen de los Reyes en la Catedral.

Por la parte que Málaga tuvo en aquella victoria, fue distinguida por la Junta de Sevilla con una de las águilas napoleónicas -el estandarte imperial- capturadas en Bailén, que fue ofrendada a los pies de la Virgen de la Victoria. Sin embargo, este trofeo sería recuperado en 1810 por las tropas francesas del general Sebastiani. La que se encuentra hoy en el santuario es una réplica que donó en 2011 la Asociación “Teodoro Reding” en memoria de aquel reconocimiento.

A pesar de que hubiera querido permanecer en Málaga, su deber con España lo llevaría a Cataluña, donde luego sería nombrado capitán general. La de Valls, en 1809, sería su última batalla. No por las heridas recibidas, sino por el tifus que contrajo en sus visitas a los enfermos del hospital de Tarragona, siendo enterrado en el cementerio de dicha ciudad donde aún reposan sus restos. Y Málaga, que esperaba su vuelta tras la guerra, lloró su triste pérdida.

placa-reding-plaza-constitucion.jpg

Aparte de las actividades y rutas histórico-culturales que organiza periódicamente nuestro colectivo, o la placa sufragada por nuestros miembros en 2009 para recordarlo en la Plaza de la Constitución de Málaga, hoy se perfila una estatua de la mano del artista malagueño Juan Vega Ortega. Un proyecto que ha requerido del esforzado y continuo trabajo de la asociación entre 2015 y 2018 para conseguir los fondos necesarios a través de una suscripción popular, además de obtener el decidido apoyo de instituciones y colectivos de Suiza. Estamos seguros de que el homenajeado nunca hubiera aceptado este monumento en vida, pero, entre los cientos de personajes que en nuestra ciudad lo merecerían, lo creíamos necesario porque las generaciones presentes y las que están por venir precisan de ejemplos en los que mirarse y conocer los aciertos y errores de épocas pasadas para caminar, con un buen andamiaje, hacia el futuro. Y en este caso, será principalmente para enorgullecernos.

 

Jon Valera Muñoz de Toro

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Imagen 1: Encabezando este artículo, presentamos una obra del pintor José Ferre Clauzel que, a iniciativa del malagueño José Carlos Millán, representó en 2016 lo más fidedignamente posible la marcha de Málaga a Granada de Reding y su regimiento en junio de 1808, tras haber sido llamado a la campaña. Contó con el asesoramiento de un servidor, así como del investigador Luis Sorando Muzás, de Zaragoza; el teniente coronel José Manuel Guerrero Acosta, del Instituto de Historia y Cultura Militar, y la profesora Blanca Díez Garretas, experta en Botánica de la Universidad de Málaga.

Imagen 2: Retrato de Reding perteneciente a los descendientes más directos del general, que aún conservan el apellido, y se encuentra en su casa natal de Schwyz. 

Imagen 3: Fragmento del lienzo “La rendición de Bailén”, de José Casado del Alisal (1863), del Museo del Prado, donde este artista retrató al corregidor de Málaga de perfil, en el centro, y la posible representación del “Águila de Málaga”.  A su derecha, la réplica donada por la Asociación “Teodoro Reding” al museo del Santuario de la Victoria.

Imagen 4: Placa de la Plaza de la Constitución y maqueta de la escultura de Juan Vega Ortega.

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