Torrijos y el Cementerio de San Miguel de Málaga

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En los carros de la basura fueron amontonados y paseados por la ciudad de la mano de presidiarios, como escarnio público y advertencia para quien osara levantarse contra el absolutismo del rey felón. De las playas de San Andrés al Cementerio de San Miguel, donde la mayoría fueron enterrados en varias fosas comunes. Entre ellos, un presidente de las Cortes del Trienio Liberal y un diputado de las de 1812, padre de la Constitución de Cádiz.

Fue el primer destino de los cuerpos sin vida de cuantos cayeron fusilados junto a José María de Torrijos al grito de “¡Viva la libertad!” aquel 11 de diciembre de 1831. A excepción del propio general liberal y el teniente coronel de Artillería Juan López Pinto, que fueron sepultados, por familiares y amigos, en los nichos 307 y 311 del mismo camposanto; así como del británico Robert Boyd, que fue llevado al Cementerio Inglés.

En 1836, ya bajo un régimen constitucional, el gobernador Ignacio López Pinto -hermano del artillero cartagenero-, decidió buscar los restos de los compañeros de Torrijos y aunarlos en una sola fosa, que quedó marcada con una losa negra “en el segundo cementerio, y a las veinte varas de la puerta que da su paso al local principal”, tal y como se detalla en una carta que en mayo de 1842 dirigía el Ayuntamiento de Málaga a Luisa Sáenz de Viniegra, viuda del general. Acción que además llevó a identificar el cadáver de Manuel Flores Calderón -segundo de Torrijos- que, entonces, se introdujo en el nicho número 1.449.

Casi 180 años después, el lugar donde permanecieron aquellos 45 constitucionalistas hasta el 11 de diciembre de 1842 -cuando todos fueron trasladados a la cripta del obelisco de la Plaza de la Merced-, ya se encuentra señalizado de manera digna gracias a los esfuerzos de la Asociación Torrijos 1831 -que consiguió confirmar lo relatado en el expediente de 1836 con dos pruebas más de la existencia de una cruz sobre el mismo punto en diferentes períodos- en colaboración con el Ayuntamiento de Málaga; destacando el impulso de Araceli González, directora del Cementerio Histórico.

Como curiosidad, señalar que, desde 1831, el ataúd de Torrijos fue extraído cuatro veces del nicho que en 1833 adquirió su viuda en propiedad: en 1834, cuando se colocó la lápida -que hoy se puede ver, junto a la de López Pinto, sobre la losa de la cripta-, para acabar con los rumores que decían que el gobernador Vicente González Moreno -autor de la captura y ejecución- habría mandado hacer desaparecer el cuerpo; en 1835, cuando se depositaron los restos en otras dos cajas de plomo y caoba por deterioro de la primera; en 1836, con motivo de la aproximación a Málaga de la columna carlista del general Gómez, reguardándose a bordo de un buque; y, finalmente, en 1842 para el traslado al monumento, insertándose en una nueva caja de cedro. El mismo año, habiendo fallecido el padre Francisco Vicaría -que había intentado consolar al joven grumete de la expedición y que enloqueció tras el fusilamiento- el 17 de abril, precisamente el día de la colocación de la primera piedra del monolito de La Merced, la viuda de Torrijos cedió el nicho de su marido al consistorio para el religioso.

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Por la propia Sáenz de Viniegra y las comunicaciones con su apoderado en Málaga, Guillermo Newman, sabemos de la descripción de los restos del general tal y como los vio en las tres ocasiones en que se abrió el féretro. En 1834, Newman le trasladaba que “aparecieron perfectamente bien conservados, y puede decirse enteros. La mejilla izquierda estaba deshecha, efecto de la fatal herida que se dejaba ver por debajo de la sien, y sobre el hombro existían indicios de la sangre que corrió por ella. El lado opuesto de la cara estaba perfecto, lisa la tez y aun sonrosada; la ternilla de la nariz muy poco deteriorada; las manos consumidas y de color amarillento; la levita color de pasa y abrochada hasta arriba, con tal cual picadura; el pantalon azul turquí intacto; la camisa en igual estado; los piés calzados con botas”; y en 1842, “la cabeza entera, aunque sin pelo ya, y uno de los brazos enteramente natural, doblado sobre el pecho, conservándose bastante parte de la levita con su forro de seda”, como registra la condesa de Torrijos en la biografía sobre su esposo.

En cuanto a Juan López Pinto, por un documento encontrado en el Archivo Díaz de Escovar sabemos que en 1836 su hermano exhumaría su cuerpo, colocándolo en una “suntuosa caja de caoba forrada de plomo”, y lo trasladaría con gran solemnidad -en un carro con la inscripción “López Pinto murió, mas su memoria ocupará un lugar en nuestra historia”- a la Catedral donde se organizaron honras fúnebres en su recuerdo, antes de volver al cementerio. En la notificación del Ayuntamiento de 1842 se dice que se hallaron en la cabecera “restos de una corona de laurel, y un pomo largo de cristal tapado con lacre, y con un rollito de papel dentro, leyéndose en el cristal estas palabras: `Valor y constancia´. El cadáver estaba envuelto en una sábana que se deshacía al tacto”.

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Hoy he estado presente en la inauguración del monolito por invitación del Ayuntamiento. Para mí un gran honor por el respeto y cariño que tengo por aquellos héroes.

@Jon_Valera

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