Desde la costa… Jean de Dieu Soult y Cary Grant

“Con las bombas que tiran los fanfarrones…”. Eso dice el cantar popular, que durante el asedio a Cádiz y la Isla de León por parte de las tropas napoleónicas, probablemente con los trozos de plomo de las granadas, que se desquebrajaban y no llegaban a explotar, las gaditanas se harían bigudíes con los que rizarse el pelo… Causaran más o menos daño, la imagen que se da al exterior (y de ello es buena muestra, entre otras muchas, dicha coplilla) es la de un pueblo que se ríe de un cada vez más enfadado mariscal Soult, que en 1812, tras más de dos años de intentos, no sabe cómo hacerse con el reducto español.

Revisando las páginas del periódico gaditano “El Conciso” en busca de información para un pequeño trabajo, me topé con curiosas referencias a ello en las fechas próximas a la promulgación de la Constitución de 1812. Y la noticia que más llama la atención es la remitida desde Sevilla el día 18 de Febrero sobre la construcción del que los franceses consideran el arma definitiva: “Se ha fabricado aqui [Fábrica de Artillería de Sevilla] un nuevo y muy largo mortero, que dicen alcanzarà con sus tiros hasta el otro mundo: sin hacer àntes la prueba de su alcancibilidad lo embarcaron el día 15 para San Lucar: Soult va á hacer el ensayo en la costa.”

Se trataba de los llamados Villantroys (en Cádiz, “el morteron” y otros motes), desarrollados especialmente para la ocasión por el coronel del mismo nombre. Sin embargo, el 10 de Marzo se decía: “Nueve dias hace que, segun Soult y los almas de cántaro que le creen, debia ya haber vomitado sobre esta bella ciudad el descomunal caño-morteri-obuson todos los sapos y culebras capaces de acabar con sus habitantes. Es muy regular que, como han pasado nueve, pasen noventa; y aun quando sus omnipotentes esfuerzos se redoblen, se reduzca todo à repetir el envio de alguna pelotilla, que tenga la misma virtud que las pasadas“. A partir de esto podemos llegar a pensar que más temor se tendría en la ciudad a que se propagase una enfermedad que a los proyectiles napoleónicos, de los que se llegaron a hacer “graciosas caricaturas, (…) y dicese que se alegrarán con ellas los abanicos”. De hecho, el 16, tras la prueba del invento, se publica lo siguiente:

“Aviso. Para que Soult inserte en sus gacetas de Sevilla, y su amo Corso en las de Paris los estragos producidos por sus nuevos bombardeos, le remite el Conciso la siguiente seguidilla que se canta en las calles de Cadiz.

De las veinte granadas
Que Soult envia
Se quedan diez y nueve
En la bahía:
Y la que llega, 
Rompe vidrios y espanta
Perros y viejas.”

En un contraataque de versos, Soult emitiría un manifiesto (suponemos que con demasiada antelación) en el que aseguraba haber hecho desaparecer Cádiz, y el 23 de Marzo se replicaba desde la ciudad que “los franceses, en su cólera y por disimular sus apuros, continuan vomitando fuego contra esta plaza; pero en el dia ya tienen que echar los higados para hacer que llegue una granada à los muros. Puede el semi-Omnipotente Soult esegurar ante todo el mundo que ha hecho milagros; pues da la casualidad que con las granadas que han caido en Cadiz nadie ha muerto, ni recibido golpe, ni tampoco se ha arruinado ningun edificio.”

“Ya pueden en Paris inventar otra cosa”, se decía. Cuando leía por primera vez los comentarios sobre aquellos “tremebundos obusones”, la imagen que me venía a la cabeza no podía ser más hollywoodiense; en algún sitio había visto algo que prometía ser tan colosal, pero que además resultaba serlo. Para conseguir su objetivo, a Soult quizás le hubiera hecho falta un gigantesco cañón como el de la película “Orgullo y pasión”(“The pride and the passion”, Stanley Kramer, 1957), con el que el personaje de Cary Grant, un oficial británico de la Royal Navy que acude en ayuda de unos guerrilleros españoles encabezados por Frank Sinatra y Sophia Loren, vuela las murallas de Ávila. Por cierto, esta primera superproducción norteamericana en España, dejando a un lado celos y amoríos, gira precisamente en torno al traslado del cañoncito invencible, en un recorrido surrealista desde Santiago de Compostela, sin ser interceptados por los franceses, que quieren recuperarlo.

Una grotesca pieza de Artillería que se carga con proyectiles (¿macizos?) del tamaño de un balón de Nivea en menos de siete segundos, y de manera casi automática, en contraposición con el asedio a la Tacita de plata, donde “ò las granadas no quieren llegar, o los caño-morteri-obusones estan cansados” o “no son para grandes fatigas, y han quedado flojos de muelle”, como se supone entre Marzo y Abril de 1812; o, como apunta el conde de Toreno en su “Historia del levantamiento, guerra y revolución de España”, “descomponiéndoseles á cada paso por la mucha carga que se les echaba”.

De cualquier manera, y a pesar de que los galos intentaron mejorar sus piezas, en Agosto de 1812 se cumpliría el vaticinio publicado en “El Conciso” nueve días antes de la celebración por La Pepa: “primero se verificará la retirada de los franceses, que la supuesta destruccion de Cadiz por morteros que le apunten desde la costa de enfrente.” Y no el prometido a Napoleón por el “sultán”, que inquieto por los movimientos de Ballesteros y Wellington, sólo vería Cádiz desde allí… desde la costa.

Fotografía: De los Villantroys se sabe que al menos se conserva uno de ellos: el que se encuentra en el Saint James Park de Londres, tras la Horse Guards Parade. En su base se puede leer la siguiente inscripción: “Para conmemorar el levantamiento del asedio de Cádiz, debido a la gloriosa victoria ganada por el Duque de Wellington sobre los franceses cerca de Salamanca el 22 de julio de 1812, este mortero, cuya potencia no es sobrepasada por ningún otro, abandonado por los sitiadores fue presentado como símbolo de respeto y gratitud por la nación española a Su Alteza Real el Príncipe Regente”.

@Jon_Valera

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3 Respuestas a “Desde la costa… Jean de Dieu Soult y Cary Grant

  1. Como serán las granadas que hay una coplilla que dice “con las bombas que tira el general Soult se hacen las gaditanas una mantilla de tul”. Saludos

  2. Pingback: Tom Cruise, Sevilla y los sanfermines | Jon Valera·

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